La geriatría, como se sabe,
es la ciencia destinada a la
dominación del planeta
por una serie de viejos cada vez
más jóvenes,
gracias a que devoran
a las nuevas generaciones.

Gabriel Zaid

Escribo estas líneas a unas semanas de cumplir sesenta años. Aunque estoy seguro que antes de la gloriosa fecha volveré a hacer las cuentas, no habrá error posible: 1958 más 60 dan 2018. No existe ventanilla para poner una queja. ¡Carajo!

No me queda otra que aceptar que aquí estoy, sintiendo en carne propia una suma que si bien sabía que existía tiene para mí una connotación cósmica e irreal. Cósmica porque después de todo le he dado sesenta vueltas al Sol, e irreal porque tal hazaña no deja de tener una connotación fantasiosa. Itinerantur, ergo sum (viajo, luego existo). Cósmica o terrenal, la experiencia me provoca un sentimiento extraño. Tal vez por eso deseo escribir este texto, para obligarme a comprender su origen. Desde luego el motivo que tengo es personal, así que adelanto que mi escrito será subjetivo. No puede ser de otra forma, Descartes lo aclaró hace siglos: la razón del sujeto es lo único que tenemos para buscar la verdad.

De las paredes que guardan la lucidez de mis recuerdos, se deslizan dos anécdotas bastante lejanas que tal parece vienen al caso. La mente es así de resbaladiza cuando se sacude la humedad del pasado. Impulsado por estas dos remembranzas trato de acomodar las palabras. No es fácil, ya dije que estoy contrariado. Los que ya pasaron por éstas lo saben, los que no, tardarán poco en saberlo. Pero de algo estoy plenamente seguro: las ideas que voy a expresar aquí no son fáciles de decir, de antemano sé que me ganaré algunas enemistades. Pero me excuso, o más bien no me excuso: si uno no se gana con la edad el derecho a decir lo que piensa, entonces para qué vale el esfuerzo de llegar hasta acá.

Corría el lejano año de 1985, intentando terminar –con todas las ganas del mundo– mi doctorado en física en una universidad canadiense, cuando estas dos anécdotas ocurrieron. No recuerdo cuál fue la primera de ellas, pero ambas sucedieron en aquel año trágico que todos recordamos: el sismo en la Ciudad de México. La primera anécdota es familiar: mi padre se enfrentaba a lo mismo que ahora me enfrento yo, los sesenta. Detalles de más, o de menos, desde Canadá le hice una llamada. “¿Cómo estás, padre? ¡Felicidades! Sesenta, ¿eh?”

Concedo que esa forma de enviar felicidades a mi progenitor tenía un ligero sarcasmo. Los hijos, en la juventud, somos así de ufanos. Y ahora lo constato, porque uno de los míos, cuando me llama en mis cumpleaños, me dice lo mismo desde hace tiempo. Debo decir que mucho después de esa llamada, mi padre me dijo que aquel día que llamé para felicitarlo estaba deprimido y en cama. Y que no se levantó en 36 horas. Seguramente se sintió mal porque justo le había llegado un retiro que lo echaba a la calle en su mejor época, cuando la experiencia que tenía valía oro. Mi padre entraba a la legión de la gente retirada, con toda la energía y experiencia del mundo, pero sin empleo y con una modesta pensión. De todas formas, una vez transcurrido su corto duelo en la cama, mi padre se levantó voluntarioso para buscar un nuevo trabajo. Me consta que lo hizo y lo encontró, y hoy, a los 93 años, me dice que ya lo tiene que dejar.

¿Qué me pasará a mí en algunas semanas, cuando sobre mis hombros se acumule la suma de los sesenta años? ¿Me quitarán el empleo en la mejor edad de mi vida? ¿Me deprimiré porque me echarán a la calle como a mi padre? No, afortunadamente no.
Yo no trabajo en una empresa privada, soy un científico y trabajo en un centro público de investigación. Y en el país donde vivo, bendito país, a los científicos no se les despide. Los científicos en esta parte del mundo somos un arroz que se cuece aparte, las leyes injustas del retiro no son para nosotros, nadie nos pone un hasta aquí cuando llegamos a la adolescencia de la vejez.

La segunda anécdota es la siguiente y casi mueve a la risa. En ese año trágico de 1985, compartía oficina con un joven canadiense que estudiaba una maestría en química. Su nombre es Laurie Danielson y provenía de Edmonton, Alberta. Tenía veinticinco años, dos menos que yo. Era un tipo desenfadado, pragmático y al que nada le perturbaba. Un día, mientras comíamos el “lunch” a mediodía, por alguna razón que no recuerdo bien, me dijo: “Carlos, ¿how much do you save for your retirement?” ¿What? –le respondí. Y aclaró: “Retirement, my friend, the time when you will be out of work”. ¡Tenía 25 años aquel carilampiño de Alberta y ya me daba cátedra de lo que era el retiro! Y sin que yo le preguntase, me dijo que él ahorraba el diez por ciento de su beca. Me reí y le respondí en tono burlón: “you are a very smart man”.

Hace unos días, cuando de pronto tuve la urgencia de escribir estas líneas, busqué a mi office mate canadiense en internet. Lo encontré en unos segundos y no pude reprimir un suspiro cargado de nostalgia y maple. Entonces me puse a añorar al inmenso país del norte donde los venados y ardillas se pasean por los patios de las casas. Luego de secarme las lágrimas que nunca me brotaron, me hice la siguiente pregunta: ¿Cuánto dinero habrá ahorrado mi compañero de oficina en los treinta años y pico que han transcurrido desde entonces? Si siguió ahorrando el diez por ciento de sus ingresos, no demasiado, a lo más tres años de su salario promediado. Pero su esfuerzo, desde luego, no habría valido la pena si con ese magro 10% hubiera continuado. Si desde los 25 años ya tenía atravesada en medio de sus descoloridas cejas la determinación para el ahorro, con seguridad lo iba a seguir haciendo. Así que seguramente con los años fue incrementando la porción de su salario que ahorraba para el retiro.

Permítaseme hacer algunas cuentas en una hoja de Excel. Las variables involucradas son las siguientes: un salario que va en aumento, la porción, también en aumento, del salario ahorrado para el retiro, el interés bancario y los años ahorrando. La ecuación recursiva es sencilla: se toma el primero, se multiplica por la porción, se mete al banco, se suma a lo anterior y se jala el cursor para abajo. Así de simple. ¡Lo que se puede hacer con una hoja de cálculo!

Supongamos que el salario de Laurie iba en aumento un 4% cada año y que aumentaba en 1% la cantidad que ahorraba para su retiro. Es decir, para la edad que tiene ahora, 57 años, estará ahorrando el 42% de sus ingresos. A dicha edad, cuando los hijos se han ido de casa y uno ya pagó su educación y la hipoteca, la suposición es bastante sensata. Así que asumiendo una tasa de interés bancario del 2% anual, cuando Laurie cumpla 60 años, es decir, después de 35 años de ahorrar para el retiro, en su cuenta tendrá 388,581 dólares americanos (véase la hilera 36 de la tabla adjunta). Cinco años después, a los 65, tendrá un poco más de medio millón de dólares. Cualquiera puede hacer las cuentas si así lo desea. ¡Medio millón de dólares! Una cantidad bastante decente, a decir verdad. Un canadiense, con este dinero en su haber, puede venirse a México a vivir con comodidad el resto de sus días. Además, reclamará su pensión de 1,000 dólares mensuales y quizá venderá o rentará su casa. Así que se la pasará muy bien en San Miguel de Allende o en algún pueblo mágico.

¿Y yo, que estoy haciendo estas cuentas morbosas del ahorro ajeno –que podría ser el mío, pero no lo es porque soy mexicano: es decir, porque soy proclive a la procrastinación– cómo me la pasaré? A pocos escalones de llegar al sexto piso donde se ve el horizonte con claridad, muy bien debo decir, ya que aun cuando mis finanzas están un poco mal, eso no me preocupa. Estoy en la mejor edad de mi carrera científica, nunca había sido tan productivo. Mi laboratorio está lleno de estudiantes talentosos. El año pasado hasta me dieron un premio nacional, y al paso que voy seguro transcurrirán bastantes años en los que seguiré siendo un buen científico. La meta final está al alcance de mi mano: dentro de unos años seré un flamante profesor emérito. Y haré lo que todos hacen al llegar a ese nivel: cuando pierda el cien por ciento de mi capacidad, me valdré de la energía de mis estudiantes. Es decir: de su juventud. Yo no suelto mi plaza ni mi laboratorio. La culpa es de los políticos y directores de mi centro de trabajo que no hacen su trabajo bien y no me consiguen un retiro digno.

Vamos a aclararlo. Un retiro que no fuera digno iría en contra de mi amor propio, así que mi dignidad es mi prioridad. No me importa lo que se llegue a pensar de mí cuando arribe a la edad en la cual mi capacidad intelectual estará disminuida, no me importa si ya no seré lo que fui, no me importa si estorbo, doy lástima, o le quito un lugar a un científico joven que haría las cosas mejor que yo. Mi amor propio e instinto de supervivencia es lo primero. Viva Darwin.

Hace un par de meses se retiró del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), Noam Chomsky. Famoso mundialmente por revolucionar la lingüística moderna, Chomsky representó como nadie la conciencia crítica, luchó contra la xenofobia, los nacionalismos, la exclusión y el terrorismo. Por mucho tiempo fue un referente para formar nuestras opiniones. Un día escribió: “El tipo de trabajo que debe ser la parte principal de nuestra vida, es el tipo de trabajo que desearíamos hacer aunque no se nos pagara por ello. Es un trabajo que sale de nuestras propias necesidades internas, intereses y preocupaciones”.

¿Aunque no se nos pagase por ello? Es decir, ¿para hacerlo en casa, Dr. Chomsky? En una noticia reciente nos enteramos de que este ex-gran hombre de ciencia ha sido contratado por la Universidad de Arizona. ¡A los 90 años!

En otra noticia, ésta local y no tan reciente, leo sobre el deceso de una persona que conocí muy bien pues era vecino de oficina: “Deja un profesor del Cinvestav, a la edad de 95 años, un “legado en el estudio de la oceanografía física” (las comillas son mías) (Avance y Perspectiva, Vol. 1, Núm. 1, 2015). Y en un tercer ejemplo, jamás olvidaré que en el Congreso Nacional de Física de 2005, realizado en la ciudad de Guadalajara, vi por última vez al gran físico mexicano Marcos Moshinsky. Tenía 83 años y lo acompañaba una enfermera.

Se podrían escribir cientos de páginas sobre científicos aquí y allá, hoy y en la historia, connotados o no, que no dejan lugar a dudas: cuando el destino nos alcanza, el retiro no. Así que admitamos que no nos queremos ir a casa, porque a diferencia de un empleo “normal”, el nuestro es un empleo privilegiado, donde nadie es nuestro jefe, donde somos intocables porque somos, o fuimos, la crema y nata de la sociedad. Además, no formamos parte de la vorágine de la economía cuyos procesos productivos no se detienen. Pienso en mi padre, que, aunque tenía una jefatura en la empresa donde pasó gran parte de su vida (42 años), tenía turnos de 12 horas en una línea de producción que no podía parar. No se diga de los obreros, cuyos trabajos son agotadores y casi inhumanos. La producción debe seguir.

Nuestro gremio es diferente, la “línea de producción” a la que nos abocamos es intelectual. No producimos objetos o cosas tangibles, sino ideas e inventos, artículos y reportes, libros, revistas, etc. Un país necesita de gente como nosotros, de descubrimientos y entre más originales y profundos, más riqueza cultural y económica se obtiene. El conocimiento científico es necesario para tener una independencia tecnológica y todo lo anterior se logra y mantiene al formar los científicos que vendrán después; generación tras generación.

No obstante, hay un tema que me inquieta. Y deseo plasmarlo aquí antes de que me gane la cobardía, o la falta de congruencia que es lo mismo. Pienso que las premisas con las que día a día trabajamos –la de ser objetivos, exigentes en nuestra evaluación, honestos en los hallazgos que reportamos, rectos con los estudiantes que formamos–, se corrompen con el tiempo y la edad. Nos resistimos al cambio que con lentitud transcurre en nosotros: la disminución de nuestra capacidad científica y crítica. Nos negamos a aceptar que nuestras capacidades intelectuales son perecederas. Desde luego ahora lo digo como si estuviera pasando lo que aún no me pasa. ¿Pero en cuánto tiempo llegaré al estado mental en el que pensaré que no me pasa? Voltaire lo expresó mejor: Quien no tiene el espíritu de su edad, tiene todos sus defectos.

Los defectos de la gente mayor son muy claros, así que sería una obviedad hablar de ellos. El mayor es la obnubilación de la realidad. ¿Cuándo se producirá dentro de mí la tentación de devorar, como dice Gabriel Zaid en el epígrafe con el que inicié estas líneas, a las generaciones de jóvenes que estamos formando? No darles un espacio para su desarrollo profesional es indigno. Y más lo es cuando la razón para justificarlo es una pretendida defensa de nuestra propia dignidad. No todos somos otrora glorias de la ciencia y piezas valiosas de museo, como Noam Chomsky, con cierta cotización en el mercado de trabajo. Enhorabuena que pudiéramos retirarnos de un lugar y tener las puertas abiertas en otro. Por algo sería. Quizá la fama del profesor Chomsky le traerá atención, prestigio y estudiantes a la Universidad de Arizona. ¿Pero cuántos podemos decir lo mismo de nuestras carreras académicas?

La esperanza de vida, cuando el sistema de bienestar inició a finales del Siglo XIX, era de 45 años. El sistema de pensiones, basado en la fórmula sencilla de que el retiro era soportado por quienes cotizan al presente, fue un gran invento europeo a finales del siglo antepasado. Ese esquema ya no funciona más, porque detrás no viene nadie que cotice para nosotros. O cada vez llegan menos. O no les abrimos la puerta. ¿Hasta cuándo podremos mantener esta situación, cuando la demografía ha cambiado de forma tan notable? México tendrá una economía envejecida después del año 2050, cuando la población de jóvenes sea menor a la de los viejos. Una economía envejecida, con una ciencia envejecida. El futuro doblemente envejecido.

Exigimos a la clase política gobernante incrementar el gasto en ciencia, pero no somos solidarios y queremos perpetuarnos, minando recursos que podrían ser utilizados para dar oportunidad a la generación de científicos que viene detrás. Hubo un tiempo en que el control de la natalidad dio viabilidad a los países del tercer mundo, ahora se requiere un control de la senectud que no sangre el presupuesto con la manutención de sus privilegios y dé viabilidad a la juventud. Schopenhauer decía que la comodidad y seguridad son las principales necesidades de la gente mayor; por eso se ama más que nunca el dinero, porque suple las fuerzas que faltan. Abandonada por Venus, se solaza en Baco.

El tema requiere autocrítica, más que una exigencia a que se dé solución. Por tal razón quiero dejar estas líneas aquí, para tropezarme con ellas un poco más adelante; para darme el valor de hacerme a un lado y no atrincherarme en mi oficina escudado en las prerrogativas que ahora me cobijan en una zona de confort; para darme el valor de vivir con una pensión del ISSSTE que ya de por sí, para nosotros los científicos, es privilegiada; para recordarme que escribí esto en un momento de lucidez y valentía; para no olvidar que la dignidad y congruencia son conceptos tan frágiles que el tiempo carcome, e, irreductiblemente, nos lleva a formar parte de una clase social que fantasea con la idea de que aún es eficiente, o espera un retiro económico que nunca podrá hacerse realidad.

Leo en el diario el País, al momento de terminar de escribir estas ideas, sobre la situación de David Goodall, profesor emérito de la universidad australiana Edith Cowan. El Dr. Goodall, que en paz descanse, ganó una querella hace algunos años para que su universidad le permitiese seguir trabajando sin remuneración. Emeritazgo sin privilegios, un ejemplo a seguir.

Nota final: espero que estas líneas sean leídas por mis colegas científicos más jóvenes y les sirva de algo. No hay duda de que las cosas empeorarán en el futuro, así que hay tiempo de tomar en las manos parte de la responsabilidad del retiro, como aquel joven visionario y disciplinado llamado Laurie Danielson.

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3 comentarios

  1. Excelente escrito, mi querido Carlos … no eres el único teniendo esos pensamientos, aunque eso sí, los demás no lo podemos expresar tan emotivamente.

  2. Felicidades Carlos!,
    Leí su artículo y toca algunas fibras muy sensibles a mis 45 años, en que cada año percibo como cae estrepitosamente mi capacidad visual y otras más…y expresarle que disfruto mucho colaborar con mis estudiantes, alguna experiencia acumulada hasta este momento y la energìa juvenil expresada en colaboración es una bomba imperecedera.

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