“Una lúgubre noche de noviembre vi coronados mis esfuerzos. Con una ansiedad casi rayana en la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos capaces de infundir la chispa vital al ser inerte que yacía ante mí. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeteaba triste contra los cristales, y la vela estaba a punto de consumirse, cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura…”.

De esa forma Mary Shelley (Mary Wollstonecraft Godwin) describe los primeros instantes de la criatura creada por el doctor Víctor Frankenstein, en su más conocida novela: Frankenstein o el moderno Prometeo, que fue concebida en una noche de verano de 1816, en las afueras de Ginebra, a la orilla del lago Lemán, y publicada dos años después, en enero de 1818.

A dos siglos de su creación, esta novela ha sido traducida a casi todos los idiomas y su gran popularidad se ha mantenido vigente de manera ininterrumpida, con infinidad de adaptaciones para cine, teatro, televisión y cómics; sin embargo, los primeros años posteriores a su publicación la historia fue diferente.

Con un tiraje inicial de 500 copias, Frankenstein o el moderno Prometeo causó conmoción al finalizar la segunda década del siglo XIX, sus implicaciones eran demasiado profundas en una sociedad que aún se peleaba con el gas, el vapor y el carbón, en medio de la Revolución Industrial. Como suele suceder en estos casos, fueron los mismos detractores los que provocaron que un amplio grupo de la sociedad inglesa se interesara por leer la novela.

Tras su segunda edición en 1823, en apenas tres años se realizaron 10 adaptaciones teatrales diferentes, incluyendo paródicos finales sobre la muerte de la criatura. Y en 1831 se lanza una tercera edición de 4 mil 20 ejemplares.

Sin embargo, la gran popularización de la criatura comienza casi un siglo después. Luego del éxito obtenido en el teatro, se filma en 1910 la primera
película muda sobre la historia. Dos décadas después la imagen de la criatura se extiende por el mundo, cuando en 1931 el actor británico Boris Karloff representa a este monstruo de más de 2.40 metros de altura con incrustaciones metálicas en el cuello, en un filme de James Whale.

A partir de esa fecha se realizan cerca de un centenar de adaptaciones para cine, en inglés, italiano y español, entre ellas destacan: La Novia de Frankenstein realizada por el mismo equipo de James Whale; El joven Frankenstein, dirigida por Mel Brooks (1974); la versión de Kenneth Brannagh fue Frankenstein de Mary Shelley (1994), que algunos críticos la consideran la adaptación más fiel de la obra original. Mientras centenares de adaptaciones surgen para teatro, televisión e historietas.

La criatura creada por Víctor Frankenstein sigue tan vigente a 200 años de ver la luz, incluso se ha anunciado una nueva versión de La Novia de Frankenstein, a cargo de Bill Condon; mientras que destacados directores como Guillermo del Toro, han manifestado su intención de participar en algún proyecto sobre esta historia.

En una entrevista para la BBC, la doctora Sorcha Ni Fhlainn, profesora de estudios del cine de la Universidad Metropolitana de Mánchester, consideró que la vigencia de esta novela se debe a que Shelley
postuló en su obra preguntas que hoy resultan más relevantes que nunca: ¿Qué es ser un ser con sentidos?, y ¿dónde empieza y termina la vida?

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