La literatura, nos dice Juan Villoro, “se determina por su acto final: la interpretación”. Las naciones también. Los mexicanos, con mirada atenta, hacemos una lectura comprensiva del acontecer nacional a fin de calibrarlo y emitir un juicio que nos permita entendernos mejor; tarea por demás compleja si se considera que parecemos reinventarnos con la inextricable habilidad que Pierre Menard empleó para reescribir el Quijote.

En cualquier caso, contamos ya con una primera opinión: André Bretón, durante su paso por nuestra nación, la definió como “surrealista” a partir del “registro inagotable de sensaciones, desde las más benignas hasta las más insidiosas”, que la caracterizan. Un pueblo que mezcla la magia, el exotismo y el misterio ritual, con un desbordado imaginario y una probada capacidad de autoregeneración frente a la adversidad, su pobreza lacerante, acendrada apatía, insondable corrupción y deplorable agresividad.

Si Borges hubiera manifestado un mayor interés por México (que expresó de alguna manera al aprenderse de principio a fin La suave patria, de Ramón López Velarde, y al preguntarle a Octavio Paz a qué sabe el agua de chía), habría centrado su atención en el juego de espejos que caracteriza nuestra psique, el cual guarda semejanza con las imágenes distorsionadas que proyectan los espejos mágicos, que tanto llaman nuestra atención en las ferias; nos movemos para contemplar cómo nuestro cuerpo se expande, adelgaza, se alarga, se comprime o se escinde sin patrones definidos. La nuestra es una sociedad de reflejos extraños e inasibles, al igual que de máscaras inexpugnables.

Los mexicas eran caballeros de guerra ataviados con vistosos trajes de piel de jaguar o de plumas de águila; sus vestimentas dejaban saber la jerarquía que ostentaban dentro de las fuerzas al servicio del Gran Tlatoani y condensaban algunos de los rasgos del pueblo, que a la fecha perduran: un ánimo belicoso, la sumisión frente a una estructura vertical de poder y la habilidad para escudarse en un disfraz o una máscara a fin de imponer miedo al enemigo, evitar que éste detectara puntos vulnerables, y ocultar su identidad.

¿Identidad? Los mexicas parecían tenerla; pero hoy, a doscientos años del nacimiento de México independiente, luce difusa. Villoro, con ojo avisor, retoma las palabras del subcomandante Marcos para destacar que en este país de culturas entreveradas “no hay un rostro bajo la máscara, las máscaras son la identidad”.

Forjada con la violencia de un herrero que da forma al metal incandescente, la sociedad mexicana vive en un enmascaramiento perenne. En otras naciones los conflictos se dirimen cara a cara; México suele hacerlo con máscaras de por medio. Un ejemplo es el episodio que tuvo lugar en 2001 cuando la legislatura mexicana abrió sus puertas para recibir a un grupo de guerrilleros enmascarados, que elevó la voz a fin de exigir a la administración federal el reconocimiento de los derechos inmanentes a los pueblos originarios; otro, cuando Ernesto Zedillo fue interpelado durante la lectura de su segundo informe de gobierno, en 1996, por un legislador de izquierda que traía puesta una máscara de cerdo; uno último, tuvo lugar con “Superbarrio”, caricaturezco personaje que nace en el marco de un conflicto entre personas que perdieron sus viviendas durante los terremotos de 1985 y las autoridades del Distrito Federal, renuentes a brindarles atención.

En una arena distinta, la deportiva, no hay quien pueda imaginar al “Santo”, a Blue Demon, a “Tinieblas”, a “Mil Máscaras”, al “Místico” o al “Doctor Wagner”, sin careta; pero cuando no la usan, los épicos luchadores recurren a curiosos apelativos que, de cualquier modo, constituyen un parapeto, una trinchera tras la cual ocultarse. ¿Quiénes son el “Perro Aguayo”, el “Cavernario Galindo”, “Sangre chicana”, “Súper Porky” o “El Brazo”? Más allá de la importancia que puedan tener como personajes de culto popular, un hecho es cierto: sus máscaras y “nombres de guerra” fabrican la personalidad de quienes los portan, y al tiempo, les crean una identidad ficticia, por supuesto.

En Tiempo mexicano, Carlos Fuentes relata que las ceremonias coras son vigiladas por un hombre enmascarado que monta un caballo y lleva un sombrero de charro. “Desde la conquista hasta hoy ―opina― la historia de México es una búsqueda de la identidad, de la apariencia, una búsqueda nuevamente tendida entre la necesidad y la libertad”, pese a lo cual ―concluye― “México no acaba de reconocerse en su máscara”. Y no lo hace porque aún no asimila los factores que lo convierten en una nación; perdidos en las fases del proceso, los mexicanos no hemos llegado al fallo final.

El Nobel de Literatura, Octavio Paz, apunta en Postdata: “el mexicano no es una esencia, sino una historia”. Su afirmación es reveladora en el sentido de que resalta las etapas evolutivas como patrón identitario. No es el jolgorio, ni las ruidosas y coloridas derivaciones, lo que otorga carácter de identificación a la nación, si no el penoso recorrido histórico que ha realizado.

No es difícil comprender por qué el mexicano ha sido incapaz de asumirse como tal. Es suficiente con volver la mirada hacia tierras iberas y galas, otrora constituidas en poderosas naciones imperiales, y a la omnisciente Unión Americana, para entender las razones; basta también con recordar las figuras polarizantes de Santa Anna, Díaz, Huerta, y los controvertidos legados del PRI y del PAN.

Carlos Monsivás, observador de mente diáfana y mirada crítica, da una segunda opinión: “México es un haz de fuerzas enfrentadas en un paisaje económico, social, político y cultural que las unifica de mala manera”. La expresión más nítida de este amorfo aglutinamiento se observa en el ingreso del país, a partir de los años ochentas, a una suerte de era “posmodernista” caracterizada por sus desgarradores contrastes, apunta el ilustre escritor en Los rituales del caos.

La historia registra el concurso de las instituciones gubernamentales y del pueblo para dar una cara al antifaz del país; el esfuerzo más importante tiene lugar en la segunda mitad del Siglo XIX. La revista El renacimiento, que plantea la reconciliación social y la fundación de la “república de las letras”, nace en 1869; la enciclopedia México a través de los siglos, que propone una historia nacional única, ve la luz en 1880; y en el comienzo de la nueva centuria, en 1900, surge la antología editada por Justo Sierra, México, su evolución social, que propone el mestizaje como factor de cohesión e identificación entre los mexicanos.

No obstante, la aceptación a partir de la mezcla de sangres y el reconocimiento de la historia deviene en un intento fallido; también la épica del nacionalismo que, más tarde, surge de la revolución mexicana; una síntesis de los nacionalismos romántico y mestizo del porfiriato, en la que el pueblo es el protagonista.

En ese segundo período aparecen obras ensayísticas que intentan desentrañar los enigmas de la mexicanidad. El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; El análisis del ser del mexicano, de Emilio Uranga; y El perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos, conforman un espejo en el que se proyecta la imagen de una sociedad desbordada en precariedades y atavismos; el mexicano vive perdido en su soledad, es un accidente producto de circunstancias desafortunadas y encierra en su alma un hondo sentimiento de inferioridad.

El muralismo escudriña por igual, si bien, la vía que escoge es distinta: pretende elevar a rango cosmogónico al conglomerado mexicano. No obstante, la aparición de corrientes externas en las décadas crepusculares del Siglo XX, diluyen el intento y permiten el paso de manifestaciones que proyectan al país como un graffitti de expresión insondable; en palabras del filósofo Guillermo Hurtado: “No hay esencia de lo mexicano, el mexicano puede ir cambiando con el tiempo, no tiene una identidad definida, que es más bien borrosa”.

Cuando Alfonso Reyes pregunta en su ensayo México en una nuez: “¿habremos sabido de veras aprovechar nuestro tesoro?”, atisba, al propio tiempo, una respuesta negativa y asevera que “mucho tiempo viviremos prendidos a la cola y arrastrados por el carro ligero de un ideal que no podemos alcanzar”. Como en las tragedias de Prometeo y Sísifo, la sociedad mexicana se congrega en la incapacidad para arribar al Olimpo de la unidad identitaria.

Acaso avizorando tan desafortunada situación, Jorge Ibarguengoitia, autor de Relámpagos de agosto y la Ley de Herodes, escribió: “Si México hubiera terminado en 1950, habríamos quedado convencidos de que había un país formidable”.

El filósofo Héctor Zagal abre el espectro para explicar por qué los mexicanos “estamos todavía muy lejos de reconciliarnos con el mosaico que somos”. Su reflexión se centra en que todavía “somos un pueblo muy joven. Tenemos doscientos años. Las universidades de París y Oxford tienen más historia que nuestro país, suponiendo que México comenzara con México-Tenochtitlán”.

Si el punto de partida es su escasa longevidad, ¿cuál será entonces el elemento cohesionador que dé a la nación un sentido de identidad?

José López-Portillo y Pacheco, filósofo al fin, medita en su Dinámica política de México III que la mexicanidad es, más bien, un asunto volitivo; su asunción posibilita la apertura de vías para “darle un sentido histórico a nuestro querer y tierra a nuestro hacer, para preparar el advenimiento del hombre definitivo” que proyecte al país hacia el estado de justicia e igualdad que merece.

Para el historiador Carlos Illadas, en cambio, el desafío ya no está en buscar una identidad; de antemano se sabe que los mexicanos no se asimilan ni como indígenas, ni como españoles ni como estadounidenses, aunque aspiran a alcanzar el desarrollo que ven en la Unión Americana, sociedad a la que consideran modelo de desarrollo y fuente de riqueza primaria y bienestar colectivo.

La causa parece a tal grado obsoleta que hay quien la mira, el sociólogo Roger Bartra es uno de ellos, como un “un capítulo cerrado”.

Como sea, entre los estudiosos parece consolidada la idea de que México llegó al Siglo XXI sin haber afianzado su identidad, hecho que en la era de la globalización, complicará la defensa del “canon nacional” al sacar a la luz la fuerte crispación social y la extraordinaria vulnerabilidad que el país tiene frente al exterior.

Reflejo de lo anterior, es el violento hiperrealismo que se ha apoderado del ánima nacional, reconocido en el resto del mundo como la nueva faz del mexicano, algo indeseable y preocupante. Por ello mismo, es pertinente atender las palabras de Villoro, quien luego de ratificar la imposibilidad de hallar al homo mexicanus, expresa que “podemos al menos compartir ciertas afinidades”. Si los mexicanos atendemos tan pertinente sugerencia, tal vez logremos mantenernos a flote sobre la ola de cambios vertiginosos que con fuerza creciente, nos golpea.

Gustavo de Paredes

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