Un paseo por mis libros elementales

10 mayo, 2018


Alberto Chimal publicó un artículo en la revista Hiedra Magazine (Bloomington) donde expone algunas características de lo que él llama los libros elementales, en entera alusión a los elementos de la Tabla Periódica, pero también en su sentido de imprescindibles, básicos, fundamentales. Además de ser una idea interesante, porque sin duda las propiedades de cada elemento químico proyectan particularidades que se pueden identificar con la esencia de todos los libros (y sus efectos sobre los lectores), también combina la condición de las ciencias naturales con la literatura. No es gratuito que Chimal, como muchos otros de mis autores favoritos, sea ingeniero; es decir, su formación profesional se entreteje con su oficio de una manera sutil y divertida.

Mientras iba leyendo las características de los libros elementales, fui recordando textos que, sin duda, habían dejado una marca asociada a los efectos del elemento químico en cuestión sobre mi experiencia de lectora; y esa impronta ha sido determinante para construir el tipo de persona que ahora soy. Sin tener la intención determinista de asegurar que “eres lo que lees”, sí creo que nuestras experiencias de lectura podrían asociarse a efectos de sentido que nos transforman y que quizás podríamos comparar con los efectos que los elementos de la tabla periódica ejercen sobre la naturaleza.

Chimal, con precisión, asegura que los libros de Cr (cromo) son “todo superficie brillante” pues este elemento es un metal de transición de color gris muy duro y se utiliza para cromar materiales, es decir, hacerlos inoxidables y refractantes. De acuerdo con mis lecturas, puedo asegurar que a esta categoría pertenecen libros que son resistentes, hermosos y deslumbrantes como podría ser la edición de 1894 de Salomé, de Oscar Wilde, ilustrada por Aubrey Beardsley, cuyo diseño es elegante y muy sugestivo; esta edición tiene la peculiaridad de ser muy hermosa, pero también difícil de conseguir. Sin duda, su presencia en alguna biblioteca le conferirá un perfil deslumbrante. Dentro de esta categoría también podríamos colocar otras ediciones publicadas por los Libros del Zorro Rojo (entre las que se encuentra la anterior) como Aura, de Fuentes, o los Cuentos de hadas, de Andersen.

De forma totalmente opuesta a los anteriores, se encuentran los libros de Fe (hierro) que, según el autor, “son durísimos y se quedan solos para oxidarse”; es decir, no se dejan leer. Con este perfil, y a riesgo de ser excomulgada del mundo literario, me atrevería a incluir Paradiso, de José Lezama Lima. Sin duda es una obra maestra de la literatura escrita en español, pero es tan complejo su planteamiento que, independientemente de su barroquismo, su universo va de la poesía al ensayo y, hasta cierto punto, la autobiografía con reflexiones filosóficas tan intrincadas y oscurecidas por el lenguaje que su lectura requiere de mucha paciencia y erudición. Creo que cada lector tiene, por lo menos, un libro de Fe en su historia pues aunque nos aseguren que hay novelas o ensayos fundamentales, se nos presentan con una aridez y dureza tan evidente que es imposible acercárseles.

En la categoría de libros de H (hidrógeno) se ubican los que “estallan casi con sólo comenzarlos” y con estas propiedades podríamos reconocer dos tipos de libros: los que son como Fahrenhait 451, de Bradbury, que en sí mismos son un incendio y una provocación; es decir, una crítica profundísima contra los sistemas totalitarios que intentan erradicar los efectos producidos por la lectura; por otra parte, también pueden ser libros de hidrógeno los que nos hacen estallar desde el principio y nos someten a su voluntad desde el primer momento en que empezamos a leerlos, como toda la saga de Harry Potter escrita por la británica Joanne K Rowling, o como esos libros de autores mexicanos que nos permiten reconocernos en ellos y nos incendian desde el momento justo en que los abrimos, como en mi caso fue Billie Luna Galofrante, de Toño Malpica.

Para Chimal, los libros de Zn (zinc) son los “humildes, útiles pero de brillo moderado”; con esta singularidad, para mí, están los libros que cada vez que se leen nos aportan una herramienta fundamental para entender el mundo, pero sin pretensiones de sabiduría universal. En esta clasificación podríamos ubicar esas narrativas que nos revelan la naturaleza humana sin aspavientos pero de una manera profunda y particular como lo hace Revueltas en El luto humano, o la colección de cuentos de El llano en llamas, de Rulfo.

Los libros de Na (sodio) son los que “están por todas partes y pocos los notan y reaccionan con mucha violencia a las miradas húmedas”. Dentro de esta clase de libros creo que podemos encontrar a los que son muy populares, están en todos lados, pero también tienden a ser polémicos o poco leídos. Algunos de ellos, como la Biblia, no pueden faltar en casi ningún hogar de occidente, sin embargo son pocos sus lectores reales. O bien, podrían incluirse libros como El señor de los anillos, de Tolkien, o Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchel, cuya popularidad ha trascendido incluso a sus autores y a la literatura.

Entre los libros de Cs (cesio), “de pulso preciso, constantes, cuyos títulos rara vez se recuerdan” yo tengo dos particularmente: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada y La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Ambas novelas (¿libros filosóficos narrativos?) son evidencias contundentes de la naturaleza humana, pero también resultan complejos por su lenguaje y estructura. Además, tienen títulos que resultan raros y muy largos, por lo que podría ser fácil confundirse al nombrarlos.

Chimal explica que los libros de P (fósforo) son luminosos y dejan trazas en lo más profundo del cuerpo, por lo que en esta clase de libros deberían estar títulos como los Cuentos de imaginación y de misterio, de Edgar Alan Poe, ilustrado por Henry Clark y traducido por Cortázar en una hermosísima edición de los Libros del Zorro Rojo y que a muchos millones de lectores ha introducido al alucinante mundo literario; o bien, novelas tan extraordinariamente contadas donde el lenguaje rudo y coloquial se combina con un exquisito conocimiento de las pasiones, como en ese insólito retrato de México contemporáneo que plantea Fernanda Melchor en Temporada de huracanes.

Entre los libros de O (oxígeno) están los indispensables, pero nunca para leerse enteros, en estado puro, porque se van a la cabeza, como puede ser la magistral Genealogía de la soberbia intelectual, de Enrique Serna, cuyo contenido es tan revelador y hasta cierto punto también irritante, por su precisión y contundencia, que es difícil ir digiriendo cada uno de los capítulos que lo conforman. Lo mismo sucede, en terrenos metaliterarios, con Lecciones de literatura del exquisito Cortázar, donde podemos entablar un diálogo profundo con las ideas del cronopio mayor.

Los libros de U (uranio), según Chimal, son aquellos que se quedan para siempre en la carne y queman despacio. En esta clase, debo confesar que, a pesar de que son incontables las historias que me han conmovido y tocado hasta la médula, los más entrañables tienen que ver con la infancia; uno de mis favoritos es Tal vez vuelvan los pájaros, de Mariana Osorio Gumá porque la historia del golpe militar en Chile se convirtió en algo totalmente mío cuando la viví desde la mirada de Mar, la protagonista. Asimismo Las sirenas sueñan con trilobites, de la incomparable Martha Riva Palacio, es hoy uno de mis libros de Uranio porque, luego de leerlo, mi concepción de la literatura infantil se convirtió en un concepto que aún no termino de definir.

Sin duda, Don Quijote de la Mancha (cuyo título es más extenso en realidad), de Cervantes, es uno de esos libros que pueden pertenecer a dos diferentes elementos: por un lado, puede asociarse a los libros de Sr (estroncio), cuya particularidad, según Chimal, es que se ven amarillentos, pero iluminan todo de rojo vivo. En este sentido, a pesar de ser una novela publicada por primera vez en 1605 sigue siendo uno de los ejemplos más altos de la potencialidad de la lengua y de la narrativa de toda la hispanidad, por sus atrevidas y modernas estrategias de composición; pero también podría tener las características del Titanio, que “todos se disputan por razones mezquinas”, pues una de sus ediciones (la francesa de 1957), con 12 litografías realizadas por Dalí, está cotizada en alrededor de 345 mil dólares. En esta clasificación hay libros que se encuentran en bibliotecas o museos con valores impagables por un lector común y silvestre, como la primera edición de Impresiones y paisajes, de García Lorca (1918), valuado en 167 mil pesos.

El intenso calor de la luna, de Belli, es uno de mis libros de Ca (calcio), pues como dice el autor que tuvo la genial idea de configurar esta tabla periódica literaria, éstos “se depositan y se asientan en rincones inaccesibles”, su lectura, en un momento crucial de mi vida, me mostró formas de ser y entender la femineidad y la masculinidad muy distintas a las tradicionales; tal como lo hicieron, en su momento, lecturas como Madame Bovary, de Flaubert y El segundo sexo, de Beauvoir.

También hay libros de K (potasio) que son “blandos, según dicen, pero cuidado cuando los toques”, como El libro de la negación, de Ricardo Chávez Castañeda, ya que, a pesar de haber sido publicado por El Naranjo, una editorial que cuida muchísimo su oferta de libros para niños, su contenido es abrumador y desconcertante, en el sentido de que cada palabra es un golpe para la conciencia; es un libro que, como dice su autor, no debería haber sido escrito, pero todos los niños del mundo deberían leerlo. Y los adultos.

Todos los elementos, en la Tabla que nos ofrece Alberto Chimal, nos permiten pensar y clasificar nuestras lecturas de una manera lúdica que apela asimismo a una reflexión profunda sobre las huellas que van dejando nuestros libros y la manera en que su naturaleza condiciona la materialidad que somos y que vamos moldeando a medida en que leemos. Sin duda, este ejercicio puede resultar muy estimulante cuando echemos un clavado a nuestra memoria o biblioteca y reconozcamos los títulos que pueden caber en la clasificación del I (yodo) –escasos y esenciales-, de As (arsénico), Pt (platino), Ag (plata) entre muchos otros entre los que nos regocijaremos al encontrar nuestros libros de C (carbono), que son “los que se sienten como parte de la vida de su lector desde antes: desde siempre”.

Dalina Flores Hilerio

Un paseo por mis libros elementales - Avance y Perspectiva

Alberto Chimal publicó un artículo en la revista Hiedra Magazine (Bloomington) donde expone algunas características de lo que él llama los libros elementales, en entera alusión a los elementos de la Tabla Periódica, pero también en su sentido de imprescindibles, básicos, fundamentales. Además de ser una idea interesante, porque sin duda las propiedades de cada elemento químico proyectan particularidades que se pueden identificar con la esencia de todos los libros (y sus efectos sobre los lectores), también combina la condición de las ciencias naturales con la literatura. No es gratuito que Chimal, como muchos otros de mis autores favoritos, sea ingeniero; es decir, su formación profesional se entreteje con su oficio de una manera sutil y divertida.

Mientras iba leyendo las características de los libros elementales, fui recordando textos que, sin duda, habían dejado una marca asociada a los efectos del elemento químico en cuestión sobre mi experiencia de lectora; y esa impronta ha sido determinante para construir el tipo de persona que ahora soy. Sin tener la intención determinista de asegurar que “eres lo que lees”, sí creo que nuestras experiencias de lectura podrían asociarse a efectos de sentido que nos transforman y que quizás podríamos comparar con los efectos que los elementos de la tabla periódica ejercen sobre la naturaleza.

Chimal, con precisión, asegura que los libros de Cr (cromo) son “todo superficie brillante” pues este elemento es un metal de transición de color gris muy duro y se utiliza para cromar materiales, es decir, hacerlos inoxidables y refractantes. De acuerdo con mis lecturas, puedo asegurar que a esta categoría pertenecen libros que son resistentes, hermosos y deslumbrantes como podría ser la edición de 1894 de Salomé, de Oscar Wilde, ilustrada por Aubrey Beardsley, cuyo diseño es elegante y muy sugestivo; esta edición tiene la peculiaridad de ser muy hermosa, pero también difícil de conseguir. Sin duda, su presencia en alguna biblioteca le conferirá un perfil deslumbrante. Dentro de esta categoría también podríamos colocar otras ediciones publicadas por los Libros del Zorro Rojo (entre las que se encuentra la anterior) como Aura, de Fuentes, o los Cuentos de hadas, de Andersen.

De forma totalmente opuesta a los anteriores, se encuentran los libros de Fe (hierro) que, según el autor, “son durísimos y se quedan solos para oxidarse”; es decir, no se dejan leer. Con este perfil, y a riesgo de ser excomulgada del mundo literario, me atrevería a incluir Paradiso, de José Lezama Lima. Sin duda es una obra maestra de la literatura escrita en español, pero es tan complejo su planteamiento que, independientemente de su barroquismo, su universo va de la poesía al ensayo y, hasta cierto punto, la autobiografía con reflexiones filosóficas tan intrincadas y oscurecidas por el lenguaje que su lectura requiere de mucha paciencia y erudición. Creo que cada lector tiene, por lo menos, un libro de Fe en su historia pues aunque nos aseguren que hay novelas o ensayos fundamentales, se nos presentan con una aridez y dureza tan evidente que es imposible acercárseles.

En la categoría de libros de H (hidrógeno) se ubican los que “estallan casi con sólo comenzarlos” y con estas propiedades podríamos reconocer dos tipos de libros: los que son como Fahrenhait 451, de Bradbury, que en sí mismos son un incendio y una provocación; es decir, una crítica profundísima contra los sistemas totalitarios que intentan erradicar los efectos producidos por la lectura; por otra parte, también pueden ser libros de hidrógeno los que nos hacen estallar desde el principio y nos someten a su voluntad desde el primer momento en que empezamos a leerlos, como toda la saga de Harry Potter escrita por la británica Joanne K Rowling, o como esos libros de autores mexicanos que nos permiten reconocernos en ellos y nos incendian desde el momento justo en que los abrimos, como en mi caso fue Billie Luna Galofrante, de Toño Malpica.

Para Chimal, los libros de Zn (zinc) son los “humildes, útiles pero de brillo moderado”; con esta singularidad, para mí, están los libros que cada vez que se leen nos aportan una herramienta fundamental para entender el mundo, pero sin pretensiones de sabiduría universal. En esta clasificación podríamos ubicar esas narrativas que nos revelan la naturaleza humana sin aspavientos pero de una manera profunda y particular como lo hace Revueltas en El luto humano, o la colección de cuentos de El llano en llamas, de Rulfo.

Los libros de Na (sodio) son los que “están por todas partes y pocos los notan y reaccionan con mucha violencia a las miradas húmedas”. Dentro de esta clase de libros creo que podemos encontrar a los que son muy populares, están en todos lados, pero también tienden a ser polémicos o poco leídos. Algunos de ellos, como la Biblia, no pueden faltar en casi ningún hogar de occidente, sin embargo son pocos sus lectores reales. O bien, podrían incluirse libros como El señor de los anillos, de Tolkien, o Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchel, cuya popularidad ha trascendido incluso a sus autores y a la literatura.

Entre los libros de Cs (cesio), “de pulso preciso, constantes, cuyos títulos rara vez se recuerdan” yo tengo dos particularmente: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada y La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Ambas novelas (¿libros filosóficos narrativos?) son evidencias contundentes de la naturaleza humana, pero también resultan complejos por su lenguaje y estructura. Además, tienen títulos que resultan raros y muy largos, por lo que podría ser fácil confundirse al nombrarlos.

Chimal explica que los libros de P (fósforo) son luminosos y dejan trazas en lo más profundo del cuerpo, por lo que en esta clase de libros deberían estar títulos como los Cuentos de imaginación y de misterio, de Edgar Alan Poe, ilustrado por Henry Clark y traducido por Cortázar en una hermosísima edición de los Libros del Zorro Rojo y que a muchos millones de lectores ha introducido al alucinante mundo literario; o bien, novelas tan extraordinariamente contadas donde el lenguaje rudo y coloquial se combina con un exquisito conocimiento de las pasiones, como en ese insólito retrato de México contemporáneo que plantea Fernanda Melchor en Temporada de huracanes.

Entre los libros de O (oxígeno) están los indispensables, pero nunca para leerse enteros, en estado puro, porque se van a la cabeza, como puede ser la magistral Genealogía de la soberbia intelectual, de Enrique Serna, cuyo contenido es tan revelador y hasta cierto punto también irritante, por su precisión y contundencia, que es difícil ir digiriendo cada uno de los capítulos que lo conforman. Lo mismo sucede, en terrenos metaliterarios, con Lecciones de literatura del exquisito Cortázar, donde podemos entablar un diálogo profundo con las ideas del cronopio mayor.

Los libros de U (uranio), según Chimal, son aquellos que se quedan para siempre en la carne y queman despacio. En esta clase, debo confesar que, a pesar de que son incontables las historias que me han conmovido y tocado hasta la médula, los más entrañables tienen que ver con la infancia; uno de mis favoritos es Tal vez vuelvan los pájaros, de Mariana Osorio Gumá porque la historia del golpe militar en Chile se convirtió en algo totalmente mío cuando la viví desde la mirada de Mar, la protagonista. Asimismo Las sirenas sueñan con trilobites, de la incomparable Martha Riva Palacio, es hoy uno de mis libros de Uranio porque, luego de leerlo, mi concepción de la literatura infantil se convirtió en un concepto que aún no termino de definir.

Sin duda, Don Quijote de la Mancha (cuyo título es más extenso en realidad), de Cervantes, es uno de esos libros que pueden pertenecer a dos diferentes elementos: por un lado, puede asociarse a los libros de Sr (estroncio), cuya particularidad, según Chimal, es que se ven amarillentos, pero iluminan todo de rojo vivo. En este sentido, a pesar de ser una novela publicada por primera vez en 1605 sigue siendo uno de los ejemplos más altos de la potencialidad de la lengua y de la narrativa de toda la hispanidad, por sus atrevidas y modernas estrategias de composición; pero también podría tener las características del Titanio, que “todos se disputan por razones mezquinas”, pues una de sus ediciones (la francesa de 1957), con 12 litografías realizadas por Dalí, está cotizada en alrededor de 345 mil dólares. En esta clasificación hay libros que se encuentran en bibliotecas o museos con valores impagables por un lector común y silvestre, como la primera edición de Impresiones y paisajes, de García Lorca (1918), valuado en 167 mil pesos.

El intenso calor de la luna, de Belli, es uno de mis libros de Ca (calcio), pues como dice el autor que tuvo la genial idea de configurar esta tabla periódica literaria, éstos “se depositan y se asientan en rincones inaccesibles”, su lectura, en un momento crucial de mi vida, me mostró formas de ser y entender la femineidad y la masculinidad muy distintas a las tradicionales; tal como lo hicieron, en su momento, lecturas como Madame Bovary, de Flaubert y El segundo sexo, de Beauvoir.

También hay libros de K (potasio) que son “blandos, según dicen, pero cuidado cuando los toques”, como El libro de la negación, de Ricardo Chávez Castañeda, ya que, a pesar de haber sido publicado por El Naranjo, una editorial que cuida muchísimo su oferta de libros para niños, su contenido es abrumador y desconcertante, en el sentido de que cada palabra es un golpe para la conciencia; es un libro que, como dice su autor, no debería haber sido escrito, pero todos los niños del mundo deberían leerlo. Y los adultos.

Todos los elementos, en la Tabla que nos ofrece Alberto Chimal, nos permiten pensar y clasificar nuestras lecturas de una manera lúdica que apela asimismo a una reflexión profunda sobre las huellas que van dejando nuestros libros y la manera en que su naturaleza condiciona la materialidad que somos y que vamos moldeando a medida en que leemos. Sin duda, este ejercicio puede resultar muy estimulante cuando echemos un clavado a nuestra memoria o biblioteca y reconozcamos los títulos que pueden caber en la clasificación del I (yodo) –escasos y esenciales-, de As (arsénico), Pt (platino), Ag (plata) entre muchos otros entre los que nos regocijaremos al encontrar nuestros libros de C (carbono), que son “los que se sienten como parte de la vida de su lector desde antes: desde siempre”.

Dalina Flores Hilerio

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